El Capitán Ahab y la levedad de la infancia

por Joan M. Márquez

El Capitán Ahab, de Alejandro Alonso A, Lluvia Editores, Lima, Perú 2026, me llega por vía digital y mi primer reacción al leerlo es una mirada hacia el horizonte, presenciando un ocaso, más una alteración de la realidad a partir de una pared (referente de contexto en esta invención), como sinónimo de una libertad que nos atañe a todos. Este escritor de México plantea con su escrito publicado en Perú, la no existencia a través de la mirada ingenua de un niño, en cuya pupila se declara un tiempo Heideggeriano que nos ha marcado. El protagonista ronda los diez años de edad, con una capacidad pueril e innata —vedada bajo la levedad del ser y que significa una madurez banal— de imaginar lo imposible, de abrazarnos en la fruición de un instante de la vida con el encanto ecléctico de su cosmovisión.

En su planteamiento, Capitán Ahab va con el anonimato: no hay nombres para los personajes, tampoco se ocupa por precisar el entorno donde sucede la historia. Sin embargo, el autor no leva ancla ante un probable naufragio en el que pretende embarcarnos y llevarnos a través de un mar lleno de pasajes, bellamente ficcionados e ilustrados. En esta travesía es destacable la presencia del artista, también mexicano, David Lara, quien más que ilustrar da una lectura estética de esta pieza. La historia se va hilando a partir de lo ordinario; una aventura como puente de estoicismo. A través de la mirada de un niño con alma de ventura, la lectura nos lleva a sotavento mediante el juego lírico de quien escribe —característico en las obras que anteceden a este autor, por cierto—.

Así, con maestría en el ir y devenir de las frases, los aforismos, las palabras, líneas metafóricamente poéticas, nos vemos trasladados a nuestra propia voluntad imaginativa como inmersión del recuerdo ya inalcanzable de la niñez. El anonimato –ya se señaló— es el ancla de una historia que, curiosamente, solo tiene un referente o concesión en lo que parece ser un homenaje: la gata Susana.

Esta invención inspirada en la novela Moby Dick de Herman Melville, al principio parece ser una historia común dirigida hacia un buen puerto: la de un niño que goza del bienestar familiar y a punto de concluir su año escolar de primaria, con la obsesión de convertirse en pirata. Nada más. Pero sí hay alguien que precisa sobre la incomodidad que representa el retruécano de los contrastes y antítesis en las historias, es nuestro querido narrador. En cualquier momento nos puede empujar hacia un légamo reflexivo y sin salir de esa bella oscuridad que gusta forjar a manera de atmósferas, para replantearnos esta condición humana o lo que sea que signifique.

La historia del Capitán Ahab, nos trae a la memoria la obra de Xavier de Maistre; no como comparativo, sino como intertextualidad del universo. Un viaje catártico, a través de una habitación, es el detonante creativo de un método; para no caer en la angustia y desesperación del tedio, como asteroide en su órbita inoperada y que brilla, sólo, en el espacio y tiempo.

La historia común de repente detona hacia lo fantástico e inverosimil. El pequeño protagonista se la pasa elucubrando como viajar en un navío semejante al del Capitán Ahab, el Pequod, dada la promesa de sus padres de llevarlo de vacaciones a un puerto cercano. Pero sin decir agua va, su padre se queda sin trabajo y el protagonista sin viaje a la mar.

La escala del consuelo para el doliente infante, el apego cabal en su propia imaginación, nos introduce en un recurso contra el aburrimiento y alivio del dolor, sea cual sea: nos abre la invitación para acceder a un reducto, un retiro, la búsqueda de refugio del mundo en otros lares en dispersión. Esto es la escala hacia lo inverosímil. Así lo plantea el inventor de esta Melvilleana aventura, con el siguiente axioma: “Basta una pizca de imaginación para abrir un hoyo negro en el universo”. Es una invitación al abandono como fuente de nuestros deseos, fruto y proyección de la imaginación y la experiencia.

Ante la mala nueva, la madre del protagonista trata de consolarlo y le narra “…el afán de una hechicera, capaz de desbordar la mar de su espíritu por todas los linderos de la tierra y más allá”. Con tal perspectiva Ismaeleana (personaje del Moby Dick), el narrador nos vuelve a enclavar en la pertinencia de zarpar y así acompañar al Capitán Ahab en una y otra aventura, en la que recorrerán geografías leviatánicas y mares tempestivos, a la luz de relámpagos, truenos y creaturas. El deseo sigue vivo mediante una “caligrafía de líquida ilusión”; todo ello, mientras “…su gata pinta, rasga el velamen de la tarde, con las uñas prendidas al espejo del sol.” ¡Hacia la búsqueda del Dorado!

El viaje se cumple. La nave zarpa en esta historia de breve extensión, libre de los contratiempos o malhadadas noticias, pero en un plano imaginario. “Una luna desprende de su sueño”, anuncia lo que será un final más clímax con pata de palo, bandera pirata y fantasías: “Adiós a los seres queridos […] Bienvenido el océano y sus misterios.”

¿Por qué hay que leer a Alejandro Alonso? Sobre todo con esta entrega fantástica del Capitán Ahab, la razón es simple, pero no por ello menos importante, nos guía en un mundo a través de la literatura poética y narrativa, en el que nos mantiene expectativos ante la serenidad y claridad de quienes fuimos hace varios otoños (o no tantos) y que, a su vez, nos traduce la inevitable trascendencia que significa el crecer con responsabilidades. Empero, la ilación de historias bucaneras junto a la inevitable condición del ser, genera un diálogo interno, en el que incita a no abdicar en la persecución de la aventura, del deseo, y liberarnos de taras mentales que apartan nuestras emociones o anulan la imaginación; elementos necesarios para que, en nuestro mar de posibilidades, salgamos a la búsqueda de nuestra ballena colosal.

El paradigma de la realidad ante la abstracción de una fábula, como gravedad a la levitación, como abrazo paternal, llega dislocada para aliviar nuestra escisión ante el escape del espíritu, como salvación al ciclo del tedio que envuelve esta obra de prosa poética imposible, previo a la dilación de nuestro dulce momento final.

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